De niña solía caminar por las calles del barrio donde vivía. Solía andar en bicicleta por un pasaje frente a mi casa, iba a jugar futbol en el parque de la esquina (también paseaba en bicicleta por ese parque), iba a comprar figuritas a la bodega, entre otras cosas; pero siempre estaba acompañada de alguien. A veces era mi mamá, mi papá, mi abuelo, abuela, tío, mi hermana menor, incluso la mujer que trabajaba en mi casa.
Ahora que lo escribo, parece como si quien hablase fuera un hombre, pero no, esas eran algunas cosas que hacia una niña como yo en su niñez-pubertad. En fin, de todo eso había algo que me llamaba mucho la atención: una puerta. Sí, una puerta, pero no era una común. Era de vidrio, con colores verde, azul y blanco, con unas estructuras circulares doradas adornándola. Suena algo extraña y huachafa, lo sé, pero me llamaba mucho la atención y cuando niña, me encantaba. Siempre que pasaba por ahí decía que era una puerta muy bonita y que quería una igual. Todas las personas a quienes les decía eso me miraban con una expresión de confusión y luego se reían. Años después, casi unos diez, volví a pasar por esa calle. La verdad es que ya había pasado por ahí incontables veces en ese tiempo, pero recién en esta oportunidad me acordé de esa particular puerta y la miré.
La sensación que tuve al verla fue de nostalgia. Después de mucho tiempo la volví a mirar como lo hacía antes, pero lo que pensé en ese momento no era lo mismo que hace tanto tiempo. Esta vez pensé que era una puerta muy huachafa y que cómo alguien puede poner una puerta así en la fachada de su casa. Luego me dije a mí misma por qué había dicho semejante cosa de la puerta que tanto me encantaba. Lo que pasó fue que me di cuenta que había crecido. Ya no pienso igual que antes, ya no veo las cosas como las veía antes, pero la niña que llevo dentro sigue ahí, y dudo que algún día se vaya.
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